jueves, 20 de octubre de 2011

Testimonio de Kiko

Aquí os dejo un fragmento de uno de los testimonios que nos dio Kiko


Tenía un estudio de pintor cerca de la plaza de España y solía pasar las Navidades con mis padres. Un año fui a casa a celebrar la Navidad, entré en la cocina y vi a la cocinera que estaba llorando. Le pregunté: 
      "Berta - así se llamaba -, ¿qué le pasa?". Ella me contó que su marido era un borracho, que quería matar al hijo, que el hijo se había enfrentado al padre... Me contó una historia que me dejó sobrecogido. Fui a ver dónde vivía: era un sitio horrible, un lugar lleno de barracas pobres. La pobre mujer se levantaba a las seis de la mañana para ir a trabajar, tenía nueve hijos y estaba casada con un hombre cojo, medio tuerto y que estaba casi siempre borracho. Con un palo pegaba a los hijos y les decía: "¡vete a defender a tu padre!", a veces cuando estaba borracho se orinaba encima de las hijas. Esta mujer, agraciada aunque ya mayor, me contó cosas alucinantes...

Se me ocurrió coger al marido y llevarlo a Cursillos de Cristiandad. El pobrecillo estaba muy impresionado al oírme hablar. Entonces durante unos meses no bebió, pero después volvió a beber y otra vez comenzaron los follones. La mujer me llamaba: "Señor Kiko, venga por favor, que mi marido nos quiere matar a todos. ¡Llame a la policía!". No me dejaban vivir. Al final pensé: "¿Y si Dios me está diciendo que deje todo y me vaya a vivir con ellos para ayudarles?".
Cogí dejé todo y me fui a vivir con aquella familia. Dormía en una cocina muy pequeña que estaba llena de gatos. Viví allí y me quedé amedrentado por todo aquel ambiente. Había mucha gente que estaba viviendo en una situación terrible, llena de sufrimiento. No sé si conocen el libro de Camus "La peste", que tiene como tema el sufrimiento de los inocentes. Esa mujer, Berta, me contó que este hombre cojo, para vengarse de las humillaciones que había recibido donde vivía, había dicho a todos los vecinos que él se casaba con esta chica, que era la niña más mona del barrio. Todos se reían de él. ¿Saben cómo se casó con ella? Le puso un cuchillo en el cuello y le dijo: "Si no te casa conmigo, rajo a tu padre", y lo hubiera hecho. Su padre era viudo y ella, estaba sola, era muy tímida y miedosa.
Me preguntaba a mí mismo: ¿qué pecados ha cometido esta pobre mujer para merecer este tipo de vida? ¿Y por qué yo no? Pero no solamente estaba esta mujer sino que había muchas más; una vecina tenía la enfermedad de Parkinson, el marido la había abandonado y pedía limosna. Y es que había otro, y otra...

Frente a todo esto había solamente dos respuestas. ¿Conocen la frase famosa de Nietzsche?: "o Dios es bueno y no puede hacer nada para ayudar a esta gente pobre, o Dios puede3 ayudarles y no lo hace, entonces es malvado". Esta frase tiene veneno. ¿Dios puede ayudar a esa mujer o no...?

Ante esta situación viví una gran sorpresa. ¿Sabéis lo que vi allí, en aquella gente? No vi lo que dice Nieztsche, que Dios puede o no puede, yo vi en ellos a Cristo crucificado. Vi a Cristo en Berta, en aquella otra mujer que tenía el Parkinson, en aquel otro. Vi un misterio: el misterio de la Cruz de Cristo. Y esto me impresionó mucho, lo digo sinceramente.




 (Barraca de Kiko Argüello, palomeras altas,1962)





Después me llamaron a África para cumplir el servicio militar. Cuando volví me dije a mí mismo: si mañana vuelve Cristo en su segunda venida yo no sé lo que va a pasar en este mundo, pero ¿sabéis dónde quiero que me encuentre Jesucristo?, a los pies de Cristo crucificado. ¿Y dónde está Cristo crucificado? En aquellos que están cargando con el sufrimiento más grande, con las consecuencias del pecado de todos. Dice Sartre: "¡Ay del hombre que el dedo de Dios lo estrella contra el muro!". Pues yo he visto a mucha gente estrellada contra el muro, he visto a muchos débiles aplastados por las consecuencias del pecado, débiles, Cireneos anónimos...


Cuando uno se va a vivir con los pobres, o pierde la fe y se hace guerrillero a lo "Ché Guevara", o se queda en silencio ante Cristo y se santifica. Yo estoy agradecido al Señor porque tuvo misericordia de mí, porque yo allí pude ver al Señor Jesucristo crucificado. Entonces, cuando volví de África conocí a la hermana de Carmen y pensaba que había que bajar a las catacumbas sociales y allí predicar el Evangelio a esa gente, ayudarles, darles una palabra de consuelo, y formamos un grupo dedicado a los homosexuales, a las prostitutas, etc.

La hermana de Carmen estaba en una asociación que se llamaba Villa Teresita que se dedicaba a redimir prostitutas. Iban por las casas de prostitutas y a las que querían les ofrecían un puesto de trabajo, era una obra muy buena. Pero al final yo me di cuenta de que en ese grupo lo hacíamos todo un poco como "hobby" y les dije: "yo me voy a vivir entre los pobres".


Charles de Foucauld me dio la fórmula: vivir en silencio al igual que Jesús de Nazaret; en contemplación, a los pies de Jesucristo crucificado entre aquella gente. Conocí a un asistente social y me enseñó aquella zona de Palomeras Altas donde había quedado libre una barraca de tablas, que servía de refugio de perros, y me dijo: "métete allí y no te preocupes". Y allí ha nacido pues, un poco todo. En las barracas yo quería vivir como Charles Foucauld

Quizá alguno me podría haber dicho: "Hombre Kiko, ¡ayúdales!". Aquí hay un punto muy importante para aquellos que saben ir al fondo de las cosas. "Pero, ¿qué haces?, ¿te pones en adoración cuando esta gente está muerta de hambre?, ¡dales de comer!". Yo no tenía nada, solamente me llevé la Biblia y una guitarra, dormía en un jergón de paja, sobre el suelo. No tenía nada más.

Había leído también un acontecimiento de la época de los nazis, que me impresionó mucho. Se contaba un hecho histórico que sucedió en el campo de concentración de Auschwitz. Uno de los jefes del campo se estaba dando cuenta de las atrocidades que se estaban cometiendo en el genocidio del pueblo hebreo. Un día, mientras estaba realizando una inspección del campo, vio pasar a un grupo de hombres y mujeres llevados a las cámaras de gas; iban todos desnudos. En aquel momento sintió en su corazón un dolor muy grande y se preguntó a sí mismo: "¿qué tengo que hacer para ayudarles?, ¿qué tengo que hacer para estar en paz conmigo mismo?" ¿Conocen la respuesta que recibió en su interior? (Los Padres de la Iglesia nos hablan de Cristo hablante, Cristo que habla dentro de nosotros. Es algo muy profundo). El libro contaba que sintió que tenía que desnudarse y ponerse en fila con ellos. Podemos preguntarnos: esa voz que sintió en su interior ¿era real?, ¿era la voz de Dios? ¿No hubiera sido mejor detener la marcha de aquel grupo y liberarlos? Quizá no lo podía hacer. Pero ¿por qué la verdad era desnudarse y meterse en la fila? He aquí una posible respuesta: una persona que está en aquella fila está ante el drama de que parece que Dios no existe, que no hay amor en el mundo y si no hay amor en el mundo, Dios tampoco existe, la vida es una monstruosidad, ¡muramos absurdamente! Pero, ¿y si hay alguien que te acompaña?, ¿y si Dios mismo se hace hombre y se pone contigo en la fila por amor a ti?, entonces el amor existe. ¡Dios existe!, se puede morir, la vida y la muerte no tienen sentido.
¿Qué pasó?, pues lo que pasa siempre. El vecino de al lado un día que hacía un frío que pelaba, pues era invierno y nevaba - los perros que dormían allí conmigo me calentaban -, entró de repente y me dijo: "te he traído un brasero porque te estás muriendo de frío". Poco a poco se acercaban y preguntaban: "¿quién es ese que está ahí con la barba y la guitarra?". Para unos era uno que había hecho una promesa, para otros era una especie de protestante, porque iba siempre con la Biblia. Los gitanos venían por la guitarra... No sabían quién era y esto los interrogaba a todos.

En las barracas de Palomeras conocí entonces a Carmen Hernández, doctorada en Químicas y licenciada en Teología que, gracias al liturgista Pedro Farnés Scherer, estaba en contacto con e corazón de la renovación litúrgica del Concilio Vaticano II y la centralidad del misterio pascual. Ella me ayudó mucho. Carmen estaba formando un grupo para ir a evangelizar a los pobres de las minas de Oruro, en Bolivia, invitada por el obispo de aquella ciudad, Mons. Manrique. Yo conocía a su hermana, Pilar, que un día me la presentó. Impresionada por aquella realidad, se quedó a vivir en las barracas, a un kilómetro de donde estaba yo.



Forzados por el ambiente de los pobres, el Señor nos hizo encontrar una forma de predicación, una síntesis kerigmática que fue acogida por aquellos hermanos y que creó una "koinonia", una comunidad cristiana. Así nació la primera comunidad entre los pobres (gitanos, analfabetos, mendigos, quinquis, hombres que habían estado en la cárcel, prostitutas, etc.). Esta comunidad, donde se visibilizaba el amor de Cristo crucificado, llegó a ser un signo y gracias al entonces Arzobispo de Madrid, Mons. Casimiro Morcillo, se pudo llevar a las parroquias de Madrid, a Roma y a otras naciones. En las barracas descubrimos el trípode sobre el que más tarde se basaría todo el Camino Neocatecumenal: Palabra, Liturgia y Comunidad.

José Agudo, que tenía entonces una pelea con otro clan de quinquis se acercó a preguntarme qué decía el Evangelio sobre eso de pegarse. Yo le leí el Sermón de la Montaña, que dice que no hay que resistirse al mal se quedó boquiabierto. "¿Cómo?, ¡si no me defiendo me mata!, ¿qué voy a hacer?". Le dejé Las florecillas de San Francisco Javier que le impresionaron mucho y ya no me dejaba ni a sol ni a sombra. Bueno no voy a contar estas historias pues sería demasiado largo...

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